Este artículo es una traducción del artículo publicado en el diario Le Monde del 15 de julio de 2009.

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Después de la crisis, ¿qué revolucione(s)?
Frente al desarreglo del capitalismo, se necesitan instituciones, sean ellas nacionales o supranacionales.

Jean-Claude Milner
Lingüista, filósofo y ensayista

Este texto se extrae de la “lección inaugural” que pronunciará Jean-Claude Milner el lunes 20 de julio en Montpellier, en la apertura de los Encuentros de Petrarca, organizados por France Culture y Le Monde en el marco del Festival de Radio France.

Observando sin pasión el capitalismo financiero, se mide la vanidad de las condenas morales. Para que haya impuesto su soberanía durante cerca de un cuarto de siglo, es preciso que haya respondido a alguna necesidad objetiva. ¿Que sucedió entonces durante los treinta años de los que se acaba de salir?

Tres cosas sin precedentes en la historia del capitalismo. En primer lugar, el mercado verdaderamente se volvió mundial, es decir ilimitado; desde que el antiguo bloque del Este y China adoptaron sus normas, él se extiende a todos los territorios, y, en estos territorios, nada ni nadie se excluye. En segundo lugar, en este momento de la universalización extrema, las naciones herederas del capitalismo clásico perdieron definitivamente el control directo o indirecto de los recursos energéticos. El petróleo británico matiza el cuadro, pero no lo trastorna. En tercer lugar, un recurso natural reclama la atención. Mediante las técnicas del terror o de la necesidad, puede ser muy barata; es renovable; es extremadamente productiva. Quiero hablar de la fuerza de trabajo. Ella es de hecho el principal yacimiento del que China dispone: ella lo explota sin miramientos.

Resultado: las naciones herederas vieron derretirse sus ventajas; las superganancias pasaron a las manos de los recién llegados, algunos de los cuales (Rusia, China, la India) hasta se atrevían a anunciar pretensiones a la potencia militar. Desde el oro español, jamás los flujos de dinero habían aumentado tan rápidamente y en tales proporciones, pero se desviaban de los antiguos santuarios.

Una invención permitió evitar el peligro: el nuevo capitalismo financiero. Se concentra básicamente en Wall Street y en la City. O sea los lugares más clásicos del capitalismo más clásico. De las superganancias que perciben los propietarios de los recursos naturales, una parte se invierte en gastos de equipamiento o de puro prestigio - a menudo son lo mismo; el resto vuelve hacia los viejos países de las finanzas. Una vez recolocadas, las superganancias generan nuevas superganancias; estas últimas se reinyectan en la máquina para nuevas superganancias. Entre Nueva York, Londres y el Viejo Continente, el lago Atlántico septentrional vuelve a ser el mare nostrum de la riqueza. Roma sigue estando en Roma.

Por lo tanto, una ilusión se impone casi inevitablemente. Una colocación financiera se reduce siempre a un desplazamiento de dinero; si la colocación es beneficiaria, el desplazamiento parece por sí solo generador de beneficio. De esta ilusión, se desprende una conclusión a la vez perfectamente lógica y perfectamente ilusoria: puesto que el desplazamiento crea valor por sí mismo, basta con multiplicarlo. Cuanto más sinuoso sea el encaminamiento financiero consustancial a cada producto, más crecerán los beneficios. Crecerán de hecho a cada rodeo. Laberintos y rizomas fabrican por ellos mismos un oro siempre naciente. Matemáticas para traders sirven para construirlos.

El dispositivo estalló. Eso no quiere decir que la cuestión que debía solucionar haya dejado de plantearse. Los grandes y pequeños barones del mare nostrum se preocupan sin hacer ruido. Unos buscan nuevas soluciones, otros desean reparar lo que puede serlo. Disminuir el consumo de energía, disminuir el coste de fuerza de trabajo, consolidar los bancos, condenar el afán de lucro, dialogar para adormecer, etc.: los métodos no faltan; son supuestos oponerse el uno con el otro, pero se dejan entremezclar fácilmente. Se distingue ya que finalmente se concluirá sobre un bricolaje; se puede solamente esperar que no transitará, como sucedió diez años después de 1929, por masacres. Pero el reino del capitalismo financiero dejó rastros profundos.

Que se restablezca intacto o no, su herencia va bien más allá de las finanzas y la economía. De hecho organizó una visión del mundo, cuya remanencia tenemos que enfrentar, en forma de conclusiones que deben sacarse.

Primera lección: nos interrogamos sobre las causas de la crisis. Pero, básicamente, poco importan los detalles. Yo conozco por adelantado la conclusión; se alegará una combinación de factores, que los expertos juzgaban altamente improbables. Ahora bien es allí precisamente el punto. Se tropieza con una de las características principales de la gestión moderna; ser experto, eso consiste en determinar por cálculo una escala que va de lo más probable a lo más improbable. Luego sigue el consejo a los responsables: “No tengan en cuenta a lo más improbable.” Este consejo es generalmente seguido. Por desgracia, ya que conduce necesariamente a la catástrofe. Es que la sociedad moderna opera al régimen de lo ilimitado; ahora bien, en los entrecruzamientos ilimitados de series ilimitadas, lo más improbable llega inevitablemente y, generalmente, bastante rápidamente. Desconfiar de tales calibraciones estadísticas, debería ser el primer mandamiento de la política. No parece que los hombres políticos tengan conciencia de ello.

Segunda lección: el reino del capitalismo financiero confirmó el surgimiento material de lo cualquiera. Cualquiera puede hacerse rico haciendo cualquier cosa, los traders no son los únicos en creerlo. Más allá del enriquecimiento, todo el reciente pensamiento, en todos sus aspectos, se hundió en el elemento de lo cualquiera indiferenciado. La estadística propuso su “matematización”. Algunos doctrinarios hicieron de ello un principio de ética política. La democracia, declaran ellos, es que cualquiera decide sobre cualquier cosa. Sustituya el verbo “decidir” por otro verbo de su elección: “tele-cargar”, “mostrar”, “prohibir”, “permitir”; habrá obtenido los elementos del consenso reinante. Este “cualquierismo” político o social no es otra cosa que el “cualquierismo” del capitalismo financiero. Los exaltados del lo participativo harían bien en reflexionar; no hacen más que sublimar las más bajas ilusiones del mercado. Que hayan convencido a la mayoría de las personas honestas de compartir su dependencia, es un hecho, y es su más grave error.

Tercera lección: se habla de reglamentación. Bien, pero la cuestión se plantea: ¿quién fabrica las normas? El capitalismo financiero reiteraba su respuesta: cualquiera. Ya que el capitalismo financiero no carecía de normas; al contrario, estaba rebosante de ellas. Cualquier banquero astuto podía fabricarlas a sus anchas. Del mismo modo, el neodemócrata, tan peligroso en su orden como el neoconservador acepta toda norma, con tal que su autor sea estrictamente cualquiera y que la misma imponga estrictamente cualquier cosa. Hubo una edad trágica de Grecia; habrá habido de hecho una edad bursátil de la sociedad moderna; ella coincide con lo que Foucault llamaba la sociedad del control. Multiplicación ilimitada de las normas, multiplicación ilimitada de las fuentes de normas, las libertades no sobreviven. Lo comprobamos suficientemente.

La crisis financiera arrancó el velo que cubría una crisis infinitamente más profunda. Si la razón triunfara, nadie debería creer más en adelante en los cuentos maravillosos. Cualquier norma no vale igual que cualquier otra; cualquiera no tiene legitimidad para fabricarla. Nos reencontramos así con la más clásica de las cuestiones: ¿cuáles son las fuentes posibles de las normas, y de qué normas? ¿El pueblo, una representación nacional, los interlocutores sociales? Ante el desastre de la sociedad de lo cualquiera, una certeza se impone: es mejor que las fuentes sean poco numerosas y claramente definidas. En resumen, vale más que sean las instituciones. Nacionales, supranacionales, internacionales, las circunstancias lo decidirán. Que se trate del mercado, de la opinión, de la sociedad o de la política, no hay mano invisible.

Este artículo es una traducción del artículo publicado en el diario Le Monde del 15 de julio de 2009.

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