El artículo publicado en Rolling Stone sobre el general McChrystal, comandante de las tropas de la OTAN en Afganistán terminó siendo el desencadenante de su alejamiento de ese puesto. El artículo de Peter Galbraith que aquí se traduce levanta un rincón del velo del escándalo y discute uno de los aspectos estratégicos de la guerra en Afganistán.



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24 de junio de 2010

Stanley McChrystal: más allá del alboroto

La sensacional caída en desgracia del general no debería ocultar un enorme agujero en los planes de la OTAN para Afganistán.


Peter Galbraith
guardian.co.uk, jueves 24 de junio de 2010, 20:00 BST

Un manto de fracaso se cierne sobre la política de la alianza en Afganistán. Stanley McChrystal, el comandante de las fuerzas de la OTAN y arquitecto de la estrategia de contrainsurgencia, renunció en medio de una tormenta. La consecuente agitación opacó la noticia de que Sherard Cowper-Cowles, un respetado diplomático que era el enviado especial del Reino Unido para Afganistán, había tomado una "licencia prolongada". Cowper-Cowles, ex embajador en Kabul, era escéptico respecto de la estrategia militar de McChrystal.

McChrystal tenía que irse. Las citas más ofensivas del artículo de Rolling Stone provenían de sus colaboradores más que de él mismo. Sin embargo las mismas ponían de manifiesto una asombrosa ausencia de disciplina y de pensamiento estratégico por parte de un general reputado por ambas cosas. Aunque Obama encuadró la cuestión como un asunto constitucional, McChrystal no se había insubordinado (como sí lo había hecho Douglas MacArthur cuando, en la guerra de Corea, ignoró una orden de Truman de no avanzar más al norte, provocando así un desastroso contraataque por parte de China). Un general, sin embargo, debe ser percibido como leal a la cadena de mando.

Probablemente la rápida decisión de Obama de reemplazarlo con David Petraeus limitará las consecuencias del episodio en Washington. El alboroto alrededor de la conducta de McChrystal no debería hacer olvidar el necesario debate acerca de su estrategia, la cual no está funcionando.

McChrystal comprendió que los Talibanes no pueden ser derrotados en el campo de batalla. Para atacar a sus combatientes, las fuerzas de la coalición dependían de datos de inteligencia que eran frecuentemente erróneos, generando así víctimas civiles lo que, a su vez, redundaba en nuevos reclutas para los Talibanes. El principal legado de McChrystal es su política de tolerancia cero para los daños a civiles, que redujo considerablemente la cantidad de muertes de no combatientes.

McChrystal promovió una estrategia de contrainsurgencia destinada a crear condiciones para que el gobierno afgano gane el apoyo de la población en las áreas en disputa. El rol de la coalición consiste en liberar de Talibanes un distrito y proveer seguridad durante un período de tiempo. El gobierno afgano debería entonces utilizar este respiro para establecer su autoridad, poner en funciones a las fuerzas policiales y militares afganas e iniciar proyectos de desarrollo económico para demostrar a la población las ventajas de estar del lado del gobierno. El objetivo es el de ganar como aliados a los Talibanes menos comprometidos y el de alentar a la población a denunciar a los elementos más radicales.

Para que esta estrategia pueda funcionar se necesita tener un gobierno capaz de ganar la lealtad de la población. Claramente no es este el caso con el gobierno de Karzai, quien arrastra una historia de ocho años de corrupción y de ineficacia y a quien muchos ven como ilegítimo después de las elecciones presidenciales que hasta él admite que fueron fraudulentas.

En el sur Pashtún, la cuna de la insurgencia, frecuentemente los funcionarios locales y los punteros políticos son aliados de los Talibanes. De modo que, aún cuando la coalición provea seguridad, pocas personas se opondrían a los Talibanes no sólo por temor de que retornen sino por desconfianza hacia las autoridades afganas recién instaladas.

La estrategia de la alianza depende de un elemento ausente: un socio afgano creíble. Hasta ahora los Estados Unidos y el Reino Unido han hecho como si este enorme agujero en su estrategia no existiera. Durante la reciente visita de Karzai a Washington Obama dió abundantes muestras públicas de apoyo al líder afgano. Esta "bomba de amor" tuvo su retribución cuando, de vuelta en casa, Karzai despidió a los dos ministros más competentes -y pro americanos- del gabinete.

Los Estados Unidos y el Reino Unido parecen creer que no hay alternativas a Karzai. Hacer como si Karzai fuese un líder competente y sacarse de encima a aquellos que, como Cowper-Cowles, dicen lo contrario, no da respuesta a la pregunta central de esta guerra: ¿cómo podría tener éxito la contrainsurgencia sin un socio creíble?

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