Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía en 2001, escribe sobre política. Sería errado suponer que sea este un asunto exclusivamente de interés para los estadounidenses. Más bien desde el fin de la guerra fria parece ser un problema mundial, algo así como una "guerra fria doméstica"


VANITY FAIR
mayo de 2011

"... y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la tierra." Abraham Lincoln, discurso de Gettysburg

 

Del 1%, por el 1%, para el 1%

Por Joseph Stiglitz

Los estadounidenses hemos estado viendo alzarse protestas contra regímenes opresivos que concentran una enorme riqueza en manos de unos pocos elegidos. Pero en nuestra propia democracia, un 1 por ciento de la población se apropia de casi una cuarta parte del ingreso nacional, una desigualdad que aún los ricos acabarán por lamentar.

Es inútil pretender que aquello que obviamente pasó, no ocurrió. Un 1 por ciento de los estadounidenses se apropia cada año de aproximadamente un cuarto de los ingresos de la nación. En términos de riqueza más que de ingreso, el 1 por ciento más rico controla el 40 por ciento. Su suerte en la vida mejoró considerablemente: hace treinta y cinco años, las cifras correspondientes eran 12 por ciento y 33 por ciento respectivamente. Una respuesta podría consistir en celebrar la ingeniosidad y el impulso que acarrearon la buena fortuna de esta gente y argumentar que la marea creciente eleva a todas las embarcaciones. Pero esta respuesta sería errónea. Mientras que durante la década pasada el 1 por ciento de arriba vio crecer sus ingresos en un 18 por ciento, los ingresos de la franja media han caído. Para los hombres con educación media, la caída ha sido abrupta: 12 por ciento en el último cuarto de siglo. Todo el crecimiento de las décadas recientes, y más aún, benefició a los de la franja superior. En términos de igualdad de ingresos los Estados Unidos van a la zaga de cualquiera de los países de la vieja y anquilosada Europa de la que solía burlarse el presidente George W. Bush. Entre nuestros colegas más cercanos se encuentran Rusia, con sus oligarcas, e Irán. En tanto que muchos de los antiguos polos de desigualdad en Latinoamérica, tales como Brasil, se han esforzado en los últimos años, con bastante éxito, para mejorar la situación de los pobres y reducir las diferencias de ingresos, los Estados Unidos han dejado crecer la desigualdad.

Hace ya mucho tiempo, algunos economistas intentaron justificar las enormes desigualdades que parecían tan preocupantes a mediados del siglo 19, desigualdades que no son sino una pálida sombra de lo que estamos viendo hoy en día en los Estados Unidos. La justificación que se les ocurrió se llamó "teoría de la productividad marginal". En pocas palabras esta teoría relacionaba los altos ingresos con mayores productividades y contribuciones a la sociedad. Es una teoría que ha sido siempre apreciada por los ricos. Sin embargo las pruebas de su validez siguen siendo débiles. Los ejecutivos de las empresas que ayudaron a provocar la recesión de los últimos tres años, cuya contribución a nuestra sociedad, así como a sus propias empresas, fue ampliamente negativa, terminaron recibiendo grandes primas. En ciertos casos las empresas estaban tan avergonzadas de llamar a dichas recompensas "primas por resultados" que se sintieron obligadas a cambiar la denominación por la de "primas de retención" (aunque la única cosa que estuvieran reteniendo fueran los malos resultados). Lo que recibieron aquellos que contribuyeron con grandes innovaciones positivas para la sociedad, tales como los pioneros de la comprensión de la genética o los de la era de la información, fueron migajas en comparación con lo que recibieron los responsables de las innovaciones financieras que pusieron a la economía global al borde de la ruina.

Algunas personas ven las desigualdades de ingresos y se encogen de hombros: ¿qué nos importa si tal persona gana y tal otra pierde? Lo que importa, dicen, no es el modo en que se reparte la torta sino su tamaño. Este argumento es fundamentalmente falso. Una economía en la que a la mayor parte de los ciudadanos les va peor cada año, como sucede en los Estados Unidos, no tiene muchas posibilidades de funcionar bien a largo plazo. Y esto por varias razones:

Primeramente porque las desigualdades crecientes son una de las caras de otra cosa: menores oportunidades. A medida que disminuye la igualdad de oportunidades, dejamos de utilizar nuestro recurso más valioso, nuestra gente, del modo más productivo posible. En segundo lugar muchas de las distorsiones que son la causa de la desigualdad, tales como el poder de los monopolios o los tratamientos impositivos preferenciales para ciertos intereses, amenazan a la eficiencia de la economía. Por dar solo un ejemplo, demasiados de entre nuestros jóvenes más talentosos, viendo las astronómicas compensaciones, se dedicaron a las finanzas en lugar de orientarse a actividades que harían a una economía más sana y productiva.

En tercer lugar, y esto quizás sea lo más importante, una economía moderna necesita de "acciones colectivas": se necesita que el gobierno invierta en infraestructura, educación y tecnología. Los Estados Unidos y el resto del mundo recibieron grandes beneficios de la investigación auspiciada por el gobierno que dio origen a Internet, a progresos en la salud pública, etc. Pero los Estados Unidos sufren desde hace tiempo de una sub-inversión en infraestructura (vean el estado de nuestras carreteras y puentes, nuestros ferrocarriles y aeropuertos) así como en la educación a todos los niveles. En el futuro veremos aún más recortes en dichas áreas.

Nada de todo esto debería sorprendernos: es simplemente lo que pasa cuando la distribución de la riqueza de la sociedad se vuelve desigual. Cuanto más dividida se torna la sociedad respecto de su riqueza, mayor es la renuencia de los ricos a gastar dinero para necesidades compartidas. Los ricos no necesitan la ayuda del gobierno para parques, educación, atención médica o seguridad personal, ya que pueden comprarse todo eso por sí mismos. En ese tren de cosas, se distancian de la gente común perdiendo cualquier empatía que pudieran alguna vez haber tenido. También desconfían de cualquier gobierno fuerte, que podría usar de su poder para equilibrar la balanza, quedarse con algo de su riqueza e invertirla para el bien común. Puede ser que el 1 por ciento de arriba se queje sobre el tipo de gobierno que tenemos en los Estados Unidos, pero en realidad les parece perfecto: demasiado inmovilizado como para redistribuir, demasiado dividido como para hacer nada excepto bajar impuestos.

Los economistas no están seguros sobre cómo explicar de modo completo la creciente desigualdad en los Estados Unidos. La dinámica normal de oferta y demanda seguramente ha contribuído: algunas tecnologías han reducido la demanda de mano de obra afectando a muchos "buenos" empleos jornalizados de clase media. La globalización creó un mercado mundial que enfrenta a costosos trabajadores no calificados de los Estados Unidos con trabajadores en el extranjero, equivalentes pero peor remunerados. Los cambios sociales también juegan un papel, por ejemplo la declinación de los sindicatos que en otros tiempos representaron a un tercio de los trabajadores estadounidenses y ahora representan alrededor de un 12 por ciento.

Pero buena parte de la razón de tanta desigualdad es porque el 1 por ciento de arriba así lo quiere. El ejemplo más obvio concierne a la política impositiva. Bajar las tasas de los impuestos sobre las ganancias de capital, que es cómo los ricos reciben una gran parte de sus ingresos, es casi un regalo para los estadounidenses más ricos. Los monopolios y los cuasi-monopolios siempre han sido una fuente de poder económico, desde John D. Rockefeller a principios del siglo pasado hasta Bill Gates al final. La aplicación permisiva de las leyes anti monopolio, especialmente durante las administraciones Republicanas, han sido una bendición para el 1 por ciento de arriba. Gran parte de la actual desigualdad se debe a la manipulación del sistema financiero hecha posible por cambios en las reglamentaciones que han sido comprados y pagados por la propia industria financiera, una de sus mejores inversiones de todos los tiempos. El gobierno prestó dinero a las instituciones financieras a tasas de casi 0 por ciento y, cuando todo se desmoronó, proveyó generosos rescates en condiciones favorables. Los encargados de las regulaciones no se interesaron por la falta de transparencia ni por los conflictos de intereses.

 

 

Cuando se observa el volumen de la riqueza controlada por el 1 por ciento de arriba en este país, se está tentado de ver nuestra creciente desigualdad como un típico logro estadounidense: arrancamos bastante atrás en el pelotón pero ahora estamos haciendo desigualdad de clase mundial. Y parecería que vamos a continuar con este logro durante los años por venir porque aquello que lo hizo posible se refuerza a sí mismo. La riqueza da poder, el cual genera más riqueza. Durante el escándalo de las cajas de ahorro y préstamos de los 80, escándalo que por sus dimensiones hoy veríamos como un fenómeno pintoresco, un comité parlamentario preguntó al banquero Charles Keating si los 1,5 millones de dólares que había distribuido entre unos pocos funcionarios electos podrían haber servido para comprar influencias. "Eso espero, por supuesto", respondió. La Corte Suprema consagró, en el reciente caso de "Citizens United", el derecho de las empresas a comprar al gobierno, suprimiendo limitaciones en los gastos de campaña. Lo personal y lo político están hoy en perfecta sintonía. Cuando son nombrados, la casi totalidad de los senadores estadounidenses y la mayoría de los diputados forman parte del 1 por ciento de arriba, son conservados en sus cargos por el 1 por ciento de arriba y saben que, si sirven correctamente al 1 por ciento de arriba, cuando dejen sus cargos serán premiados por el 1 por ciento de arriba. También los políticos del poder ejecutivo que son clave en los asuntos de comercio y economía provienen mayoritariamente del 1 por ciento de arriba. No deberíamos asombrarnos cuando las empresas farmacéuticas reciben un regalo de un billón de dólares mediante leyes que prohíben al gobierno, que es el mayor comprador de medicamentos, negociar los precios. No deberíamos quedar boquiabiertos al ver que no sale del Congreso ninguna ley sobre impuestos salvo que incluya importantes reducciones de impuestos para los ricos. Más bien, en vista del poder del 1 por ciento de arriba, es esperable que el sistema funcione de este modo.

En los Estados Unidos la desigualdad distorsiona nuestra sociedad de todos los modos imaginables. Ahí está, por ejemplo, el bien documentado efecto sobre el estilo de vida: las personas de fuera del 1 por ciento viven cada vez más por encima de sus posibilidades. Puede ser que la economía del "derrame" sea una quimera pero el conductismo del derrame es real. La desigualdad distorsiona enormemente nuestra política exterior. Los del 1 por ciento de arriba raramente se enrolan como militares: la realidad es que el ejército, exclusivamente de voluntarios, no paga lo suficiente como para atraer a sus hijos e hijas, y el patriotismono da para tanto. Más aún, la clase más adinerada no es afectada por mayores impuestos cuando la nación entra en guerra: todo eso se paga con dinero prestado. La política exterior se trata, por definición, de la ponderación de los intereses y los recursos nacionales. Con el 1 por ciento de arriba al mando y sin tener que pagar ningún precio, las nociones de equilibrio y moderación son tiradas por la ventana. No hay límites a las aventuras que podemos emprender; las empresas y los contratistas tienen todas las de ganar. También las reglas de la globalización económica están diseñadas para favorecer a los ricos, ya que alientan la competencia entre países para los negocios, lo que empuja para abajo los impuestos sobre las empresas, debilita las salvaguardas ambientales y de la salud y debilita aquello que solía ser considerado como central en los derechos de los trabajadores, incluyendo el derecho a las negociaciones colectivas. Imaginémonos cómo podría verse el mundo si, en cambio, las reglas alentaran la competencia de los países por los trabajadores. Los gobiernos competirían en proveer seguridad económica, bajos impuestos para los asalariados comunes, buena educación y un medio ambiente limpio, es decir cosas que les importan a los trabajadores. Pero el 1 por ciento de arriba no necesita preocuparse por estas cosas.

O, más precisamente, eso es lo que creen. De todos los costos que el 1 por ciento de arriba impone a nuestra sociedad, quizás el mayor sea el siguiente: la erosión de nuestro sentido de identidad para el cual las reglas justas, la igualdad de oportunidades y el sentido de comunidad son tan importantes. Los Estados Unidos siempre se han enorgullecido de ser una sociedad justa donde cada uno tiene iguales oportunidades de progreso, pero las estadísticas sugieren algo distinto: las posibilidades de promoción social que tiene un ciudadano pobre, o aún de clase media, en los Estados Unidos son menores que en muchos países de Europa. Las cartas están barajadas en su contra. Es este sentimiento de un sistema injusto y sin oportunidades lo que provocó las conflagraciones en Medio Oriente: los aumentos de los precios de los alimentos y el desempleo creciente y persistente de los jóvenes simplemente fueron el combustible. Con una tasa de desempleo de los jóvenes estadounidenses de alrededor de 20 por ciento ( y el doble en ciertos lugares y grupos socio-demográficos); con uno de cada seis estadounidenses que buscan un empleo a tiempo completo imposibilitados de obtenerlo, con uno de cada siete estadounidenses dependiendo de cupones de alimentos (y más o menos la misma cantidad en condiciones de "inseguridad alimenticia"), hay claras pruebas de que el tan cacareado "derrame" del 1 por ciento de arriba sobre los demás está trabado. Todo esto, como es predecible, crea alienación: la participación electoral de los veinteañeros está en torno del 20 por ciento, comparable a la tasa de desempleo.

Estas últimas semanas vimos a millones de personas salir a las calles protestando contra las condiciones políticas, económicas y sociales en las sociedades opresivas en las que viven. En Egipto y en Túnez los gobiernos fueron derribados. Han estallado protestas en Libia, Yémen y Bahrein. Las familias gobernantes en el resto de la región observan nerviosamente desde sus mansiones con aire acondicionado; ¿serán ellos los próximos? Tienen razón en preocuparse. Las suyas son sociedades donde una minúscula parte de la población, menos que 1 por ciento, controlan la mayor parte de la riqueza, donde la riqueza es un determinante fundamental del poder, donde todo tipo de corrupción endémica es un modo de vida y donde los más ricos con frecuencia se oponen activamente a aquellas políticas que podrían mejorar la vida de la gente en general.

Cuando observamos el fervor popular en las calles, una pregunta que deberíamos hacernos es esta: ¿cuándo vendrá a pasar esto en los Estados Unidos? En muchos e importantes aspectos nuestro país se ha vuelto como uno de esos turbulentos lugares lejanos.

En su tiempo Alexis de Tocqueville describió lo que consideraba ser un rasgo principal del carácter peculiar de la sociedad norteamericana: algo que denominó el "interés particular bien entendido" (*) . La clave se encontraba en las dos últimas palabras. En un sentido estrecho todo el mundo posee intereses propios: ¡quiero lo que deseo ahora mismo! El interés propio "bien entendido" es algo diferente. Involucra la apreciación de que para poder alcanzar el deseado bienestar personal es antes necesario prestar atención a los intereses personales de los demás o, en otras palabras, al bienestar común. Tocqueville no sugería que esta perspectiva involucrara algo noble o idealista. De hecho él sugería lo opuesto: era una seña del pragmatismo norteamericano. Esos astutos norteamericanos entendían un hecho básico: ser contemplativo con los demás no sólo es bueno para el alma sino también para los negocios.

El 1 por ciento de arriba tiene las mejores casas, la mejor educación, los mejores médicos y los mejores estilos de vida, pero hay algo que el dinero no parece haberles proporcionado: la comprensión de que su suerte está ligada a cómo vive el otro 99 por ciento. La historia muestra que ésto es algo que el 1 por ciento de arriba termina por comprender. Demasiado tarde.


(*) N. del T.: Supongo que se refiere al "intèrêt bien entendu" de la Démocratie en Amérique